Una venezolana tomando mate en Bulgaria


Enciendo la pava eléctrica y me quedo cerca para estar segura de que el agua no hierva. La temperatura es fundamental para cebar un buen mate.

En caso de que no sepas qué es el mate

Te daré mi definición súper básica: el mate es una infusión tradicional argentina elaborada con yerba mate. Para ser justa, también es común tomar mate en otros países de Suramérica, como Uruguay, Paraguay, el sur y oeste de Bolivia, y el sur de Brasil y Chile.

Puedes preparlo frío o caliente. Amargo o dulce. Yo lo prefiero amargo, cosa bastante rara en mí porque, en general, no me gusta nada amargo. La excepción es el mate, vaya a saber por qué.

Para cebar mate lo que necesitas es un pocillo o taza, a la que se le llama también mate, como a la infusión, y una especie de pitillo con filtro, al que se le llama bombilla. Ambas cosas similares a las que aparecen en la foto de arriba. (La bombilla la puedes ver mejor en la foto de más abajo.)

Esas son mis herramientas para cebar mate acá, en Bulgaria. Son parte de ese ritual que me permite recordar de donde vengo, no sólo como venezolana, sino también como latinoamericana.

Compré ambas cosas después de mudarme desde Argentina. Originalmente traje las mías a Bulgaria, pero la bombilla se dañó (no era de la mejor calidad), así que tuve que comprar otra. El mate, una tacita búlgara con diseño típico de Troyan (se pronuncia Troian), lo encontré en una tienda de suvenires y pensé: ¡Es un mate búlgaro perfecto!

Ahora que la pava dice que la temperatura del agua esta a 75°C, es tiempo de comenzar a cebar. Pero antes de eso…

Déjame ponerte en contexto

En Venezuela, por lo general, tomamos café con leche o sólo café por las mañanas, o lo que llamamos guayoyo (un café clarito) por las tardes. No tomamos nada como el mate. Salvo té negro, pero más bien frío.

La primera vez que escuché acerca del mate fue leyendo la novela Sobre héroes y tumbas del escritor argentino Ernesto Sabato. En aquella época yo era apenas una adolescente y no tenía ni idea de lo que era el mate o matear, pero el libro era tan bueno que seguí leyendo hasta el final asumiendo, por contexto, que mate era una especie de bebida. Igual, la palabra se quedó en el fondo de mi cabeza, como una espinita clavada en la piel.

La segunda vez que escuché la palabra mate fue en Buenos Aires, mientras estaba de vacaciones, en 2005. Fui lo bastante afortunada de poder alojarme un mes en un hostel. Una mañana, el dueño del hostel estaba tomando una especie de infusión en una taza (sin asa) recubierta de cuero, con un pitillo de metal, y me preguntó si alguna vez había tomado mate.

—No, nunca —le respondí, recordando la palabra que había leído años antes en la novela de Sabato.

—Deberías probarlo al menos una vez —me dijo, ofreciéndome la taza recubierta de cuero, llena de hojas verdes, después de verter adentro agua caliente.

Agarré la taza.

—¿Esto es un mate?

—Sí, ¡probalo!

Y lo probé. Pero, para ser sincera, el sabor era horriblemente amargo. Con un sorbito, pensé: ¡Esta cosa sabe a monte!

Terminé el resto por compromiso y casi salí corriendo. No fuera a ser que el muchacho me ofreciera otro mate. Pasé un buen rato con el estómago revuelto. ¿Cómo podían tomar algo así? No me cabía en la cabeza.

Hasta días más tarde.

Mate, yerba mate y bombilla

La tercera es la vencida

La tercera vez que escuché acerca del mate fue durante esas mismas vacaciones en Buenos Aires.

Un tarde, estaba recostada en el sofá verde de la sala del hostel leyendo Drácula. De golpe, escuché la puerta abrirse y vi a un a muchacho entrar.

—¿Y vos quien sos? —me preguntó con un encantador acento argentino.

Tenía el cabello enrulado, aire de italiano, una barba de días y una franela blanca con manchas de café en un hombro. Yo que tenía ya varios días en el hostel no había visto a este muchacho nunca. Era un colirio para mis ojos. Una linda sorpresa.

—Soy la huesped venezolana —dije.

—Ya veo —dijo él, sonriendo. Y se fue tan rápido como había llegado.

Apareció minutos después. Esta vez, perfectamente, afeitado y con una franela blanca inmaculada.

—¿Querés un mate? —me preguntó.

—Sí, por favor —dije en automático, incluso cuando no tenía ningunas ganas de volver a probar la infusión con sabor a monte.

Esa fue mi tercera vencida. Me enamoré de la tradición argentina de tomar mate de la misma forma que me enamoré del argentino que me lo ofreció. Fue él quien me enseñó el ritual del mate. Su magia. Y cómo cebarlo bien, de modo que pudiera disfrutar de su sabor aromático y evitar el exceso de amargura.

Se trata de temperatura y amor

Ese día, el argentino me enseñó que la temperatura del agua es la clave para cebar un buen mate. Tiene que estar alrededor de los 75°C, no mucho más o mucho menos. De lo contrario sabe horriblemente amargo.

También me enseñó qué tanto se debe llenar el mate de yerba. Tienes que hacerlo hasta tres cuartos máximo porque la yerba se hincha al ponerle agua.

Después me mostró como eliminar el polvillo (por lo general, la yerba tiene lo tiene) cubriendo el mate con la palma de la mano y sacuciéndolo boca abajo.

—¿Ves este círculo? —me dijo, mostrándome la palma de la mano cubierta con un circulo verde pálido de polvillo—. Si lo soplás sobre la llama de la hornalla se forman chispas.

Entonces, lo sopló.

Y un montón de chispitas se formaron sobre la llama, como polvo de estrellas. Como hacer magia.

Lo miré fascinada mientras él empujaba la bombilla en la yerba y le volcaba el agua caliente directo de la pava.

—La cantidad justa para cubrir el fondo —dijo y me ofreció el mate.

Esta vez sabía ligeramente amargo, calentito y acogedor, como si me recibieran en casa con un abrazo apretado.

Amé a ese argentino por la forma en que me mostro su calidez. En sus manos el mate se acurrucaba como un pichón.

Por él me mudé a la Argentina.

Nos amamos y vivimos juntos por casi quince años. Todo ese tiempo disfrutamos de tomar mates juntos. Algunas veces cebaba él, otras cebaba yo.

Él fue mi piedra angular durante todo ese tiempo. Nunca discutimos.

Hasta que una noche, hace cuatro años, me confesó que se había enamorado de otra mujer, pero no quería comenzar esa relación antes de resolver la nuestra. Me quedé dura. No podía creer hlo que estaba escuchando. Creo que hasta me reí porque creí que me estaba haciendo un chiste. Antes de esa noche, no había visto ninguna señal de cambio en él. Pero no estaba bromeando. Y ese fue el final de nuestra historia.

Dejé mi amor por él disolverse como sal en agua caliente, sin resentimientos. Al menos, había sido honesto. Además, estaba agradecida por el tiempo que habiamos compartido. No podría ser la persona que soy hoy sin él.

Pero nunca dejé mi amor por el mate.

Tomando mate en Bulgaria

Después de que mi amor argentino me dejara por otra, decidí quedarme sola un tiempo. Lo necesitaba.

Durante ese período pasaron muchas cosas. Pandemia. Cuarentena. Bla, bla. También un nuevo e inesperado amor. La vida esta llena de sorpresas y siempre estoy abierta a disfrutarlas.

Para hacer la historia corta, terminé casándome con un británico y viviendo en los Balcanes, en el centro de Bulgaria.

Al mudarme desde Argentina, una de las primeras cosas que hice fue averiguar donde comprar yerba mate. Encontré un tienda online que la vende a un precio razonable. Algo genial porque pude continuar mi ritual de tomar mate sin mucho problema.

Hoy cebaré mate con una típica yerba argentina que me gusta. Ya tengo todo listo. El agua esta a la temperatura justa y he llenado mi matecito búlgaro de yerba mientras escucho cantar a los pájaros que abundan en el bosque. Los Balcanes están colmados de vida silvestre. Es hermoso.

Tomaré mate sola porque a mi esposo no le gusta, dice que es muy amargo y prefiere su taza de té dulce, como buen británico. No importa. Incluso con su sutil amargura, para mí el mate sigue siendo tan calentito y acogedor como siempre. La forma perfecta de recordar las raíces con las que nací y las que he adoptado por voluntad propia.