Tic, tic


Sobre la alfombra, entre los pies regordetes de Coty, se formó una esfera diminuta como de gelatina. Flotó en el aire justo frente a sus ojos, a la altura de su nariz, y luego cayó al suelo haciendo plop.

Enseguida se formó otra. Plop, cayó. Luego se formó otra y otra más. Plop, plop, plop… Poco a poco, un charco gelatinoso creció a los pies de Coty.

—Tic, tic —dijo la esfera que ahora giraba, suspendida en el aire, frente a la nena.

La voz no era de gente grande, como la mamá de Coty que estaba planchando un pantalón, del otro lado de la sala. Tampoco era una voz como la del papá que miraba el partido de fútbol, arrellanado en el sillón, y cada tanto gritaba instrucciones a los jugadores.

No, la voz de la esfera sonaba a radio descompuesta.

—Tic, tic —repitió la esfera.

Coty la miró fijo, acercando la nariz. La esfera era de un bonito azul translúcido, brillante.

—¿Querés la leche? —dijo la mamá de Coty, sin separar los ojos del pantalón que seguía planchando con dedicación de cirujano cosiendo una herida abierta.

Coty no respondió.

—¡Vamos! —gritó el papá, levantándose de golpe del sillón—: ¡Pateá al arco! ¡Pateá!

Se quedó con los brazos en alto, mientras la jugada terminaba con la pelota afuera.

—¡Qué hijo de puta! —volvió a gritar con la cara colorada y se dejó caer en el sillón.

—Dejá de decir palabrotas delante de la nena —se quejó la mamá.

—¡Sólo tenía que patear al arco!

—Tic, tic —dijo Coty, agitando las manos y otra esfera gelatinosa cayó al suelo. Plop.

El charco había triplicado su tamaño. Crecía de forma extraña, hacia los costados y hacia arriba, burbujeando, amorfo, como gelatina fluida.

Coty lo tocó con la punta de un dedo y el charco se contrajo. Unos apéndices finísimos crecieron desde la superficie, semejantes a pelos translúcidos, ondulantes. Se alargaron hasta tocar la cara cachetona de Coty, como si reconocieran un objeto raro.

—Coty —murmuró el charco y emitió un ligero zumbido. Desde el centro se irguió un nuevo apéndice del grosor de una cabeza adulta, largo, deforme. Coty podía ver a través del fluido.

—¡Mirá, mamá! —dijo, señalando el apéndice gelatinoso con el dedo.

La mamá dejó la plancha a un lado. Sacudió el pantalón y miró hacia Coty.

—¿Qué es eso? —dijo. Se restregó los ojos y volvió a mirar.

—¡Goooooool! —gritó de pronto el papá y volvió a saltar del sillón agitando los brazos. Aullaba como un orangután, mientras en la televisión repetían la jugada y mostraban la horda de hinchas sacudiendo las rejas del estadio. El griterío era una vibración unísona que inundó la sala.

Coty se tapó las orejas.

El charco gelatinoso contrajo los apéndices y comenzó a ondular en espirales concéntricas. Pasó del azul translúcido a un negro opaco, como aceite quemado.

—Tic, tic —dijo el fluido y se estiró hasta el televisor, envolviéndolo. El aparato desapareció.

La mamá y el papá de Coty se quedaron tiesos, de pie, con las bocas abiertas. Parecían estatuas adornando una fuente grotesca.

—Tic, tic —repitió el fluido y se alargó hasta el sofá, disolviéndolo como por arte de magia.

El resto de los objetos también desaparecieron, absorbidos por el fluido, hasta que solo quedaron Coty, la mamá y el papá que seguían con la boca abierta.

El charco se deslizó hasta los pies de los padres de Coty. Un hilo de baba comenzaba a mancharles el pecho.

Ambos miraron el apéndice negro que subió desde sus pies y les envolvió las cabezas. Se escuchó un siseo y los cuerpos cayeron de bruces al suelo, disecados como uvas pasas.

El charco reptó hasta Coty. Volvió a palpar la cara cachetona con los apéndices finísimos.

Coty no se movió. Tenía las pupilas dilatadas, fijas en un punto más allá de la sala. A través de ellas fluyó una hilera de partículas desde el charco gelatinoso.

—Tic, tic —volvió a repetir el fluido y desapareció, como desaparecen las imágenes holográficas.

La sala quedó en silencio.

Nadie notó la ausencia de actividad en la casa de Coty hasta pasados dos días, cuando uno de sus tíos se acercó, nervioso, porque nadie contestaba el teléfono.

Usó la llave extra que le había dado el hermano para entrar y encontró a Coty aún sentada sobre la alfombra y, más allá, los cuerpos disecados de los padres. Del resto, la casa estaba vacía.

El caso salió en un periódico local: “Muertes inexplicables en el Barrio Obrero”. Pero, aunque el caso era muy extraño, como robos y muertes ocurren todos los días, el resto de los medios no les dio mayor importancia.

Días más tardes, Tito, uno de los vecinos de Coty, que jugaba con un camión de bomberos en miniatura, mientras el papá miraba el noticiero y la mamá preparaba el puré de papas para la cena, notó una esfera de un bonito azul translúcido, brillante, formándose justo frente a sus ojos, a la altura de su nariz.

—Tic, tic —dijo la esfera, y Tito agitó las manos.


Cuento inédito en papel. Escrito como ejercicio literario, dentro de una colección de narrativa breve que he titulado «Cosas de niños».