Amapolas y ruinas romanas
Viajamos a Plovdiv. Nunca había recorrido tantos kilómetros de forma consciente en auto hasta que me vine a vivir a Bulgaria. Tenemos una Land Rover Defender que nos ha llevado de arriba a abajo, incluso hasta Grecia (pero esa es otra historia). La cosa es: la camioneta necesitaba el servicio anual, nosotros aprovecharíamos un par de días para seguir explorando Plovdiv y visitar a S, un amigo de L.
Mientras recorremos la ruta, me dedico a mirar a través de la ventanilla y disfrutar del paisaje. Es un espectáculo ver cómo cambia la vegetación, el follaje, su colorido, a medida que avanzan las estaciones (y ahora la ruta). En estos días está finalizando la primavera y los árboles ya han completado su transición del ocre al verde. Las primeras flores silvestres que brotan en primavera son blancas, luego aparecen las amarillas, grandes cúmulos esparcidos aquí y allá, en un diseño que sólo la naturaleza conoce. En la ruta, las más bonitas son las amapolas, su rojo furioso se esparce por los campos formando parches que encandilan. También hay ramilletes violeta. Desconozco el nombre de la flor, pero me encanta la combinación, destaca particularmente en la vía rápida: grandes parches rojo-violeta impregnando los sembradíos.
Nos detenemos en uno de los restaurantes de la ruta para almorzar. Veo un señor con un perro grandote y juguetón. La mesera del otro restaurante —hay dos juntos en esta encrucijada de la ruta— se asusta porque el perro quiere saltarle encima. Le da instrucciones al señor para que ate al perro a un poste bajo un techito, a la sombra. El perro se queda sentado mirando a su humano despachar el almuerzo. Quiero creer que el señor le dará algo al perro antes de irse.
Seguimos camino.
Son más de las cuatro de la tarde cuando entramos a Plovdiv. Nos detiene una cola de autos. Avanzamos a paso de hombre por un rato. Plovdiv es una de las ciudades más concurridas que he visitado en Bulgaria. También la más antigua y una de las más hermosas. Está dividida en dos partes: la vieja y la moderna. Hay ruinas romanas que vigilan desde lo alto la modernidad que desparrama sus edificios cuadrados y autopistas en el valle más abajo.
Nos alojamos en el hotel Hebros, una casona antigua ubicada en la parte vieja de la ciudad. L reservó una suite de dos habitaciones, aunque nos sobrara espacio, porque era la única que quedaba disponible. En la recepción hay un par de turistas norteamericanas conversando. La recepcionista le pide identificación a L y le cobra por adelantado. Después nos muestra la suite. Queda justo sobre la recepción, primer piso por escalera. Hay dos habitaciones enfrentadas en este piso, divididas por un salón donde cuelgan cuadros de gente que probablemente habitó la casa hace bastante tiempo. Los muebles son antiguos: a la izquierda hay un sofá cubierto por una colcha blanca, junto a una mesita de té, enfrente una alacena con platos y pañitos tejidos al crochet; a la derecha hay un piano y un poco más allá una puerta-ventana que da un balcón.
La recepcionista abre la puerta de la suite y nos entrega la llave. L le pregunta si podemos hacer una reserva para cenar en el restaurante del hotel, pero la mujer dice que justo esa noche no estará funcionando. Nuestro plan de cenar en el lugar se esfuma. Tendremos que aplicar el plan B: cenar fuera del hotel.
Recorremos la suite antes de salir a buscar un restaurante para cenar. La decoración tiene el mismo aire antiguo que el salón, tonos ocre, azul pastel y blanco. En la habitación grande hay una cama doble, mesitas de noche, un escaparate y un tocador. Está separada de la otra habitación por el baño. En esa otra habitación que es más chica, hay dos camas individuales, otro escaparate y tocador. También un mueble con el minibar. Todo limpio y bien iluminado, como en el cuento de Hemingway.
Dejamos las maletas en la habitación más grande y salimos a dar una vuelta a pie para ubicar un restaurante donde cenar antes de encontrarnos con S.
Las calles de la parte vieja de Plovdiv me recuerdan los adoquines de San Telmo. Callejuelas que bajan y suben, algunas tan angostas que sólo puede pasar un auto. Creo que por eso sólo quienes viven en la zona pueden transitarla en auto, a pie es otra cosa.
Reservamos la cena en un restaurante con nombre griego: Philippopolis que, además, es museo y galería de arte, y regresamos al hotel. L dice que S nos espera más tarde en un bar del distrito creativo de Kapana (капана, en búlgaro), también le llaman “The trap” que en español sería “La trampa”. Es la zona artística de la ciudad, donde hay bares y edificios con alguna particularidad arquitectónica, entre los que destaca la mezquita Dzhumaya.
Después de acicalarnos como un par de pájaros, volvemos al restaurante.
No es la primera vez que cenamos en Philippopolis. Es un restaurante súper posh. Se puede comer adentro, en un salón ubicado en la parte baja del edificio donde está el museo y la galería de arte, o al aire libre, en el jardín que está encaramado sobre una antigua muralla romana, mi parte preferida, si me preguntan, y el lugar donde reservamos la mesa.
Nos sentamos junto a la baranda. Aún hay sol y entre las macetas de plantas podemos ver, más abajo, los techos de los edificios de Kapana.
El mozo nos acerca la carta que está escrita en búlgaro e inglés. Pedimos un vino tinto búlgaro, entrada y dos platos principales que suenan muy gourmet. Digo pedimos, pero en realidad quien pide la cena es L, mi búlgaro no alcanza para pedir más allá de un café con leche. Sigo siendo una turista. Me pregunto si dentro de dos años más seguiré sintiéndome tan turista como ahora. Tal vez sí, tal vez no. Quién sabe. Creo que me falta mucho para dejar de serlo, especialmente, mientras no pueda manejarme bien con el idioma. Sin embargo, ser turista tiene cierto aire exótico que me gusta. Es como vivir perennemente de vacaciones, en un descubrimiento constante.
El vino está rico. Bebo dos copas y termino achispada. Al terminar la cena, L deja una propina que alegra al mozo y seguimos camino hacia Kapana para encontrarnos con S.
La noche en Plovdiv es vigorizante. No hace calor, tampoco frío. Es una temperatura perfecta para caminar. Bajamos por la calle Saborna hasta la mezquita Dzhumaya y giramos a la derecha, buscando la calle Georgi Benkovski. Terminamos dando algunas vueltas hasta encontrar el bar Nylon donde se supone que S nos espera, pero no lo vemos a la primera. Así que estamos de pie afuera, como un par de perdidos, hasta que S sale del local a buscarnos.
Es la primera vez que veo a S. Es un tipo grandote. Abraza a L y a mi me da la mano. Sonríe. Dice que nos sentemos junto a la barra. L pide un par de cervezas búlgaras mientras yo me acomodo sobre un banco tan largo que no me llegan los pies al suelo. Soy un duende entre estos dos hombres de más de uno ochenta que conversan entre inglés y búlgaro, poniéndose al día sobre la vida.
S se lamenta de que no tengamos chance de conocer a su hija —sus horarios y los nuestro están algo cruzados para eso—. La nena tiene dos años y poco. Le pregunto como se llama. Arlina, dice él. Después me cuenta que se llama así por el nombre de una banda búlgara que les gusta tanto a él como a N, la mamá de la nena.
La conversación pasa de Arlina al hecho de que ni L ni yo tenemos ni queremos hijos. Tendrían que tenerlos, dice S en inglés, es lo más maravilloso que te puede pasar en la vida. Dejo que L se encargue de retrucar. Primero porque me agota el cerebro estar en una constante traducción simultanea búlgaro-inglés-español, segundo porque mi opinión tal vez no encaje en la conversación. S está tan fascinado con el hecho de ser padre que argumenta como un predicador. Evidentemente, nadie lo sacará de sus nuevos preceptos paternos que incluyen convencer a quienes no lo son de serlo. Y eso un poco me eriza la piel. No entiendo por qué al tener hijos algunas personas se obsesionan tanto con el hecho que terminan mirando a quienes no los tienen como si fueran un ciempiés en el medio de la cocina, personas fuera de lugar, bichos raros que no comprenden. ¿Cuántas veces he escuchado la frase “no entiendes porque no eres mamá”? Muchas. Demasiadas, tal vez. S sigue predicando: es lo mejor, lo más maravilloso, el amor más grande. Y yo me pregunto: ¿ser padre o madre es el único objetivo que podemos tener en la vida? ¿Somos seres incompletos si no tenemos hijos? No lo creo. Al menos no en mi caso. Y no estoy en contra de tener hijos, al contrario, hubo una época en la que me hubiera encantado tenerlos y celebro a quienes los tienen, pero cuando pasé los cuarenta asumí que ya no lo sería y me gustaría no tener que justificar por qué, ni que la primera pregunta que me hagan sea: ¿tienes hijos o cuándo vas a tenerlos? O como una prima me preguntó alguna vez: ¿estás enferma que todavía no has quedado embaraza?
Me quedo callada por un buen rato, masticando lo que no digo. Mientras tanto, L pide otra cerveza y S avisa que al día siguiente no podremos conocer a Arlina porque la nena estará en un evento para celebrar el día del niño. Arlina, Arlina. Un lindo nombre. Una linda nena, la he visto en fotos y es una muñeca. La próxima vez que vengamos la conoceremos, le digo a S.
Dos cervezas más y nos despedimos con la promesa de que al día siguiente nos volveremos a encontrar. Con L regresamos al hotel recorriendo el mismo camino que hicimos antes, sólo que a la inversa. Yo trastabillo un poco, más que achispada estoy algo ebria. La brisa fresca me reconforta. Aún me resuena el predicar de S. ¿Cómo hubiera sido mi actitud de haber sido mamá? Tal vez hubiera sido la mamá más obsesiva del mundo. Tal vez no. A esta altura es imposible saberlo.
Duermo como un bebé, quizás por el sopor de la cerveza y el vino, quizás porque la cama es mullida y cómoda. Por la mañana, bajamos a desayunar al restaurante del hotel que, ahora sí, está funcionando. Nos servimos un desayuno búlgaro: tomate, pepino, huevo hervido, queso, jamón y salame, y una taza de café. La recepcionista del día anterior no está, en su lugar está un muchacho. Le preguntamos si podemos dejar las maletas mientras llevamos la camioneta al taller para que le hagan el servicio. Dice que sí, podemos dejar las cosas, pero tendremos que volver por ellas antes de que termine su turno.
Llegamos al taller a la hora justa. El técnico dice que a las 17h estará lista. Nos subimos a un taxi y regresamos al centro de Plovdiv para buscar un lugar donde almorzar. Nos decidimos por Morado, un café que está en el Jardín del Zar Simeón, donde hemos estado antes. Queda justo frente a la fuente y es encantador. L pide unas tostadas, yo pido una sopa Tarator, una especie de gazpacho hecho con yogur, pepino, ajo, agua, nueces, eneldo y un chorro de aceite de oliva. Al terminar atravesamos el jardín y luego tomamos la peatonal principal en dirección a la mezquita Dzhumaya. No es una peatonal cualquiera, debajo de nosotros están las ruinas del Antiguo Estadio de Phillippopolis, una de las edificaciones más grandes y mejor conservadas de la época del Imperio Romano de la península de los Balcanes, construido en el siglo II d.C, cuando Philippopolis era la capital de la provincia romana de Thracia. Allá lejos y hace mucho tiempo, en esa zona se desarrollaban juegos romanos, con carruajes y demases. Caminamos sobre un mundo que ya no está y, sin embargo, persiste a lo largo de unos 240 metros de bloques de mármol y granito que aún pueden verse, en parte, desde los subsuelos de las tiendas y centros comerciales. Es impresionante.
S le manda un mensaje a L, ya está cerca de la zona. Nosotros también. Pasamos junto a la mezquita y nos cruzamos con un montón de muchachos vestidos con túnicas musulmanas. Al parecer es algún día festivo islámico. Vemos a S a lo lejos, viene con N. Después de saludarnos, decidimos que como S no tiene ganas de sentarse en ningún café mejor seguimos caminando bajo el sol.
Vamos al río que está bastante bajo: una línea ancha de agua clara entre matorrales y árboles. Mientras caminamos, vemos a un pato zambulléndose en la otra orilla y N me cuenta que a ella le gusta hacer ese camino con Arlina cuando regresan del jardín de infantes. Así ve un poco de naturaleza, agrega. Al menos un poco, pienso, porque el río está bordeado de vegetación pero también está encapsulado entre las calles y edificios. Sin embargo, una de las cosas que me gusta de Bulgaria es que en las ciudades y pueblos se ocupan de conservar y mantener zonas verdes; donde no hay una reserva o una laguna, hay un parque o una plaza colmada de árboles y flores silvestres. Algunas veces logras ver patos, otras cigüeñas en sus nidos enormes sobre los postes de luz.
Dejamos el río y vamos hasta el departamento que comparten S y N. Se mudaron recién y quieren mostrarnos dónde queda. El edificio no es tan bonito como los que están en la parte vieja de la ciudad, pero está a pocos minutos del centro como para no necesitar moverse en auto para llevar a la nena al jardín o ir a la oficina donde trabaja S, cuando tiene que hacerlo porque suele trabajar en remoto.
Terminamos la tarde conversando con N sobre el abecedario búlgaro: el cirílico. Le cuento que ya aprendí las letras y sus sonidos. Puedo reconocerlas y leer las palabras aunque la mayoría no sé qué significan. Leer en búlgaro es similar a leer en español, las letras que componen las palabras suenan tal cual son. Por ejemplo, mi nombre en búlgaro es Мауми y la forma de pronunciarlo es exactamente igual que en español: M-a-u-m-y. Aunque en búlgaro la “y” como ye no existe, al menos con el mismo sonido que en el abecedario latino, pero sí existe la “i”, cuyo sonido está representado por la letra и. El sonido más parecido a la “y” es el de la letra Ж que se pronuncia como un argentino porteño pronunciaría la “y” o la “ll” en la palabra “calle” o “lluvia”. Es un poco enredado, pero divertido. Al final, terminamos riéndonos.
Las particularidades del idioma son de las cosas que más me fascinan de vivir en Bulgaria. Es como estar en otro universo. Quiero aprender el búlgaro, pero no del mismo modo que aprendí el inglés, sino de una forma más natural, más involucrada con el día a día. Lo interesante es que poco a poco, con la interacción, el idioma se me va impregnando en el cerebro. Al menos me alcanzó para decir dovizhdane —que significa “hasta luego” o “adiós”, en español— al despedirnos de S y N.
Regresamos caminando al hotel a buscar las maletas y pedimos un taxi que nos lleva hasta el taller donde la camioneta nos espera para regresar a casa. La tarde sigue su rumbo y a nosotros nos quedan cinco horas de viaje.
Retomamos la carretera que nos trajo hasta Plovdiv. Vuelvo a ver los campos sembrados, con sus parches rojos y púrpura, el celeste del cielo. A pesar de la ignorancia del idioma, a pesar de que estoy extraordinariamente lejos del lugar en que nací y de la cultura que conozco, vivir en Bulgaria, al menos de la forma en que lo hacemos con L, es como vivir en un pequeño paraíso. No he dejado de sorprenderme desde que llegué. Espero seguirlo haciendo.
